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A la muerte de mi padre

Recuerde el alma dormida,

abiue el seso e despierte

contemplando

cómo se passa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando,

 

Este era el inicio de uno de los poemas favoritos de mi padre. La última vez que se lo vi recitar en público fue en una cena presidida por Antonio Mingote. Mingote, que en el Tetuán cosmopolita de los cincuenta lo licenció en el Humor, en Don José, para apartarle de las aventuras y de otro gran compañero de viaje al que amablemente lo condujo a tiros un Pa-co, el vino tinto de blocao. Tinto que compartió muchas veces con Madrigal y Puig Rosado, amantes como él de las esquivas atenciones del arte contemporáneo. Atenciones que buscó con Puig en París donde encontró casualmente a una modelo de Modigliani que acogía a Don Ramón, sargento de la Nueve y portador por ello del secreto de la Liberación de París. Secreto que en tangos amenizados por la vihuela de Domingo, musitaba con una rosa en la boca desde París al telón de acero. Telón tras el que descubrió más paradojas de la historia de España. España a la que como corresponsal de La Codorniz observaba, y a la que volvía para comprobar que sus noticias eran tan certeras, pero tan falsas como su primera muerte. Pero me adelanto, antes de morir por primera vez, se aseguró de tener aún más aventuras, trabar amistad con aún más gente y llenar varias vidas antes de que la imparable maquinaria administrativa lo matara. Tras esta muerte, América le descubrió, y como no, en Ayarit descubrió otro de los secretos mejor guardados de la historia, de boca de un hombre que posiblemente también habría inspirado en su momento a Steinbeck y Hemingway. Hombre que al fin encontró a alguien que no buscaba la aventura, sino que esta le perseguía para hacerle olvidar el arte y el humor, pero sin éxito, porque Abelenda conocía la invocación secreta de la vida, aprendida seguramente de las lecturas clásicas que su tío gustaba de enseñarle.

 

“Sic Transit Gloria Mundi”, o en román paladino, “que me quiten lo bailao”.

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